Nadie debería sufrir para vivir, ni debería pasar por las tormentosas noches oscuras del alma para ser auténtico y real, porque nadie debe devenir un ser distinto a como lo ha creado la Vida. Nadie debería ir a la guerra consigo mismo para alimentar la ilusión del yo, ni luchar aburridamente e inútilmente contra la hipnosis de la mente, y, mucho menos, rezar a dioses inventados para conseguir éxitos efímeros que se esfuman, porque lo que más anhelamos encontrar es nuestra luz eterna y original, lo que ya somos más allá de la ilusión.