No hay separación o división entre el día y la noche. La línea que nos hace suponer que el día está separado de la noche, o que hay una estría o una raya que aparta la Luz de la oscuridad, o que separa el bien del mal, es absolutamente ilusoria. La noche simplemente es ausencia de claridad, como lo es la más profunda ignorancia que solemos llamar inconsciencia o la noche oscura del alma, simplemente es ausencia de Presencia. La Luz eterna siempre está presente, jamás se ha ausentado, es lo que en verdad somos, precisamente la noche no existiría sin la Luz de la eterna verdad inalcanzable viviente en cada cosa y en cada ser. Todo es aparente excepto la Luz de la Presencia, con lo cual no hay oscuridad que la Luz no pueda iluminar.

 

La maravilla eterna de lo que Es, la Presencia infinita del Ser, puede iluminar y esclarecer todo lo que no Es, todo lo aparente, desconocido u oscurecido. Ese es el misterio divino de la existencia, imaginar que la noche no es una ilusión óptica hace que no veamos con absoluta lucidez que la Luz de la Presencia eterna jamás se ha ausentado, siempre ha estado ahí, nada existiría o se manifestaría sin nuestra Luz.

 

La Luz que habita en el corazón del Ser humano, es radiante e infinita, puede esclarecer cualquier manifestación, sólo hay que estar abierto a la posibilidad de que nos suceda la visión para ver con total claridad, más allá del personaje ilusorio por el cual nos tomamos, lo impersonal de la vida. Hay que perderse uno mismo, hasta poder recuperar nuestro derecho innato, la Luz de la eterna verdad viviente en el sí mismo.  Somos la Vida, Luz, no somos personajes soñados con un relato imaginario muy importante, distinto a todos los demás, precisamente todo lo que se relata un personaje es ausencia de Luz, ausencia de verdad o de Presencia.

 

Las oración más eficaz, aun sabiendo que cuando rezamos nos estamos rezando e implorando a nosotros mismos, si es que uno quiere implorar la lucidez, es: VIDA, hazme nada, haz de mi lo que quieras, hasta donde quieras, hasta que pueda fundirme con la eterna Luz de la Presencia, con la verdad inexpresable del Ser siempre presente que habita en mi.