Que aburrido es el relato sobre el bien y el mal. Que horror tener que imaginar que la Vida es imbécil, que se equivoca o que incurre en error. Cuando por fin te has liberado de esa línea imaginaria que separa el bien del mal, que para lo único que nos sirve es para hacernos conscientes de nosotros mismos, es como haberte quitado una losa pesada, inútil y aburrida de encima.

 

Pensar o imaginar que esta basta o única inteligencia que ha creado galaxias, universos, todo lo conocido y todo lo desconocido, nos ha soñado o nos ha creado con error, es lo más inocente del mundo mundial, por no decir que es nuestra más profunda ignorancia.  Hay que ser bobo para no ver que la Vida es divina y magistral ¡siempre!  para no ver que está completamente liberada y realizada, para no evidenciar que no necesita de nuestras ideas preconcebidas o de nuestros juicios o prejuicios absurdos, necios e infantiles. Simplemente lo consiente, porque su amor es absoluto, pero no nos necesita para nada en absoluto, todo lo contrario, somos nosotros los que la necesitamos tal como Es, para que nos enseñe a vivir felices dentro de este paraíso, más allá de lo preconcebido y personal.

 

Cuando la simplicidad de la Vida es vista con total lucidez, lo menos importante es como caminamos, si con zapatos rojos o descalzos, porque el cuerpo no es más que un vehículo que utilizamos para poder vivir felices dentro de este maravilloso paraíso que se nos regala a todos, sin que tengamos que sentirnos responsables, fracasados, exitosos o propietarios de nada. Nadie y nada nos pertenece porque ya podemos gozar de todo, ya podemos disfrutar de una dulce existencia si agradecemos todo lo que se nos regala, tanto lo que llamamos bueno como lo que llamamos malo.

 

Hay que estar ciego para no ver que la Vida nos sucede espontáneamente en el siempre aquí y en el siempre ahora, nadie es el director de tan maravillosa obra de arte, nadie es el responsable de que la Vida nos suceda magistralmente, ni nadie es culpable de que aquellos que no puedan asumir su más profunda ignorancia, sigan ciegos y sordos, rechazando la invitación que ya se les regala, simplemente hay que estar abierto a que la visión lúcida suceda, nada más, para ver y comprender que nuestro derecho innato es recuperar la Presencia, para deshacernos de esa absurda línea del bien y del mal, totalmente distinta a todas las demás, derecho que nadie nos puede robar.

 

La simple idea que nos hace suponer que vivir es difícil o complicado, ya nos está alejando de nuestro derecho innato. Vivir es lo más fácil que hay, no tenemos ni que esforzarnos, todo sucede espontáneamente y magistralmente sin lucha, sudor o esfuerzo, le agrade o no le agrade a la mente, le guste o le disguste a nuestra persona. Cuando dejamos de personalizar lo impersonal, cuando vemos la existencia tal como Es, lo único que podemos hacer es maravillarnos y agradecerlo todo, aplaudir la Vida, porque ningún genio de la humanidad, por más iluminado que se haya podido sentir, ha podido, puede o podrá superar tanta inteligencia y tanta maravilla.  

 

Vivimos para ser felices, aquel que quiera permanecer atado al sufrimiento colectivo humano, que sufra, no podemos hacer nada para que su línea imaginaria del bien y del mal desaparezca.  Nadie tiene una vida o vive una existencia, TODO ES LA VIDA.  Todos somos UNO, pero lo más hermoso de todo es descubrir que cada uno es TODO. Cada uno es la máxima verdad, la Vida. No hay que implorar que la vida nos suceda de distinta manera, porque al hacerlo más nos alejamos de ella. Es más, su hermosura nos hace descubrir que no tiene ningún sentido ni ningún propósito. Simplemente, al estar abiertos de par en par a la vida, para verla tal como ES, sin miedos absurdos, podemos realizarnos como seres humanos, tal como somos. En nuestra más absoluta pequeñez encontramos la grandeza absoluta del Ser. El despertar es caminar tal como somos, viviendo la experiencia o la aventura del no saber, sin miedos.