Sin prisas, pero sin pausa.

 

 

Son bastantes que ya saben que la vida se vive a sí misma, que se experimenta a sí misma y que se revela a sí misma en el fuero interno de manera íntima e intransferible, pero todavía hay una inmensa mayoría que creen en el libre albedrío, en las guerras de poder, en las competencias y en esforzarse inútilmente o aburridamente para conseguir metas personales o para comprarse una vida en propiedad.

 

Un necio cree saber y cree que puede vivir con total libertad, incluso cuando está impedido o cuando está en una cama de un hospital, tanto para bien o para mal se adjudica los méritos. La sabiduría, en cambio, se deja vivir, se deja sorprender, se deja llevar como una hoja de árbol cuando cae al vacío, porque lo único que sabe es que no sabe nada de nada de la vasta inmensidad del Ser.

 

Lo más perverso que hay, lo que más impide vivir una existencia liberada, como si uno eligiera; lo más ignorante o demoníaco que hay, es el sentimiento de poder, de posesión o de propiedad, que trae intrínseco el sentimiento de pecado original, de culpa y de responsabilidad.  

Nadie es culpable de haber nacido, de haber aparecido dentro de la rueda eterna de la Existencia como una expresión única e irrepetible de lo infinito, nadie es responsable de la existencia o experiencia de nadie, y nadie debería cargar a sus espaldas con lo que más crucifica al hombre, con la película personal que nos hace imaginar que todo lo que fue y que todo lo que supuesta-mente será, es real. Si siempre es hoy, si siempre es ahora, si los sucesos suceden espontáneamente para nadie en el siempre aquí, en el siempre ahora, en el siempre hoy, ¿qué hacemos debatiéndonos entre lo que fue y lo que será?

 

La Vida se vive a sí misma, de manera íntima y plena, se mueve sin prisas pero sin pausa, y está claro que no es propiedad de nadie. Todos los sucesos que suceden de manera atómica y todos los acontecimientos espontáneos son de nadie y son vividos para nadie. Sólo hay que observarla la Existencia en la naturaleza, para ver y comprender lucidamente como viven los demás seres de la creación, viven sin agendas, sin santorales, sin compromisos sociales, sin prisas absurdas para no ir a ninguna parte, porque siempre hay Presencia, sin ayudas sociales, sin correr inútilmente buscando metas, y sin socorrer aburridamente a nadie por penas, culpas o por el que dirán, sin consciencias parasitarias y machistas que se heredan de generación en generación, sin evoluciones o tradiciones culturales de ninguna clase, sin intereses personales, sin una mente que inventa y reinventa el tiempo para no dormir, para mantener al ser humano esclavizado a más no poder, creyendo que existe un dios riguroso en un cielo imaginario, un infierno o un más allá.  ¿Qué más allá hay, si todo sucede estando en la Presencia del Ser? El auténtico paraíso es la Presencia, lo que en verdad somos más allá del personaje por el cual nos tomamos. ¿Cuántos dioses más tiene que inventar la mente humana, para ver que el único Dios, el de todos y de todo, está en el epicentro de cada situación, de cada suceso, de cada corazón? La necedad humana siempre ha intentado retar y negar a esa divina, amorosa, silenciosa y omnipresente Eseidad, inventa dioses, credos y enseñanzas duales para no asumir la totalidad del Ser en la Unidad.

 

 La mente que ignora al Ser, que ignora EsoQueES, cuando reza no ve que se está rezando a si misma, cuando implora se está implorando a sí misma, cuando medita, ignora que medita para no asumir la totalidad del Ser en la Unidad. Si uno no se asume voluntariamente, si no camina asumiendo ambas polaridades, la positiva y la negativa, o masculino-femenino, no puede andar con la luz original del Ser siempre presente, con la sabiduría innata del no saber. Ambas polaridades deben fundirse en una sola para ver y comprender las cosas tal como son, para ver y comprender que la Vida se vive a sí misma y se revela a sí misma en el fuero interno, sin prisas pero sin pausa, porque nadie tiene una vida en propiedad como cree tener, ni nadie es responsable de la experiencia de nadie, ni nadie es culpable del drama eterno de la humanidad que no tiene fin.

 

Viviendo sin prisas pero sin pausa, permitiendo que la sabiduría innata de la Vida sea tal como ES, lo único que sucede es que saboreas los sucesos, los ves, los sientes y reconoces que nunca más los volverás a ver ni a sentir igual, porque todo suceso ya acontecido, no volverá a acontecer nunca más. Cada acontecimiento es nuevo, cada día es reluciente, cada mañana trae consigo un nuevo amanecer, cada atardecer es distinto, y cuando llegue el último aliento del organismo corporal, lo único que sucede es que todo continua igual. Conmigo o sin mi, la Vida o la Presencia es igual de feliz. Todo es AMOR en la Presencia del Ser, porque ni siquiera soy la Existencia, la experiencia o los sucesos, soy la Presencia del Yo Soy, Eso que consiente que todo sea tal como Es, soy EsoQueES, que no se puede comprender, alcanzar, enseñar o poseer. Somos la eternidad, lo que nunca morirá, porque nunca ha nacido.

 

Sólo hay Presencia consciente de sí misma, el Yo Soy, con lo cual esa simplicidad se ve o no se ve, por eso hay ignorancia o lucidez. Cada muerte es una celebración para la Vida, termina la película personal, se apagan las luces y las sombras de los decorados y personajes que la mente ha creado para que se mantenga en la cabeza. Todo es para el despertar de la Consciencia, pero cuando la consciencia está despierta ves que no hay nadie, los personajes no existen, son ilusorios, son una creación de la mente, y aunque quede el sentimiento de propiedad para relacionarnos intelectualmente en un mundo dual, sabes perfectamente que no hay nadie y que nadie sabe nada de la vasta inmensidad del Ser. Sólo hay Vida inteligente jugando al escondite, pareciendo ser dos, pero siempre es el Yo Soy, porque lo único que hay es ¡SER!

 

No hay karma, ni darma, ni cruz, ni camino, ni crucifijos, ni reencarnaciones, ni culpas o penas en la Presencia del Ser, todos esos conceptos e imágenes son para retar y negar al Ser Uno, a lo que en verdad somos más allá de los conceptos y de las imágenes que ha creado y ha inventado la mente ignorante y recalcitrante por la cual nos tomamos, con tal de mantener el sentimiento de poder. Sólo lo que ES, sólo la Presencia del Ser, puede liberarnos de manera íntima e intransferible y de manera amorosa, de tanta estupidez.

 

El Paraíso es Ser sin más, es dejarse vivir sin más, es amar la Vida tal como ES sin más, es sentirla sin más, santificar la experiencia apoyado el milagro sin fin en el que ya estamos todos asentados, viviendo sin penas, sin pecados, sin sufrir y sin tener que hacer sufrir.  Aquel que santifica la experiencia con penas, sufriendo y haciendo sufrir, es igualmente bendecido y permitido en la Unidad, porque todo es lo mismo, todo es SER, pero no ha vivido en realidad, no sabe lo que  la Vida ES en su totalidad. Ningún concepto, ni ninguna palabra e imagen, puede, pudo o podrá definir lo que en verdad somos.

 

¡¡Gracias!!