Intentar comprender o analizar lo que no se puede comprender ni analizar, hace que uno se pierda lo más maravilloso de la Vida. Cuando la última pieza del rompecabezas personal finalmente encaja,  uno se abre a la maravillosa y fascinante aventura del no saber, para recuperar la lucidez y el don de la Presencia hasta fundirse con el Ser.

 

Nunca es triste la verdad, ¿Cómo va a serlo, si siempre está sucediendo sin ti, sin mi, sin él? La tristeza es ilusoria, como lo es cualquier personaje que persiga glorias, metas personales o algo más satisfactorio y más  maravilloso que lo que ya Es, algo más fascinante que la verdad inalcanzable revelándose a sí misma en la Presencia del Ser, en el siempre aquí, en el siempre ahora.

 

No hay ni que hacer esfuerzos para vivir felizmente la vida lúcida, simplemente hay que abandonarse al Ser, ser lo que uno ya Es, sin anticiparse y sin demorarse, ¡Vivir!  fluir sin miedos, Ser, sin más. 

 

Todo en la existencia de la naturaleza sucede felizmente, sin historias personales  y sin relatos absurdos del bien y del mal en la cabeza. Hasta que uno no se da cuenta de esta realidad, precisará enseñanzas, dioses inventados o alguien que le diga como debe comportarse ante la Vida. No somos lo que imaginamos ser, somos lo que  Es, absolutamente divinos, inalcanzables e indefinibles.

 

En toda profunda rendición uno encuentra la plena libertad de la Vida y la paz absoluta del Ser. 

 

La auténtica humildad es comprender que nadie es más o es menos, que nadie sabe más o sabe  menos, que nadie puede enseñar o aprender lo que no se puede enseñar ni aprender. La Vida jamás incurre en error, imaginar que sí, hace que  perdamos de vista la maravilla eterna que buscamos, lo que en verdad somos.

 

Nada ni nadie puede dañar nuestra auténtica naturaleza original.