Inocencia.

 

¡Qué hermosa es la inocencia! es un dejarse vivir en lo desconocido del Ser, con naturalidad, sencillez, franqueza, abertura de corazón y confianza.

 

Llamar libertad a la astucia, a la desconfianza, a la hipocresía, al miedo del que dirán o del que no dirán de mí, es no haber aprendido la magistral lección de la Vida.

 

La Vida no precisa diplomacia ni estrategias para crear más infantilismo, precisa inocencia y candor para madurar, con tal de expandir su amor.

 

Tal como Eres ahora mismo, ¡siempre ahora mismo! eres una expresión divina, pura e inocente de lo infinito.

 

La mejor política:  es no permitir que las políticas del mundo de la imagen, transgredan con porfía y terquedad, la inocencia humana.

 

La mejor religión: es religarse con el Ser, sin ayudas externas, y liberarse de la inflexibilidad machista, de la impiedad e irreverencia de todas las religiones organizadas del mundo de la imagen, de todas las doctrinas y enseñanzas duales que hacen presuponer a la Consciencia que somos, que vivimos indignos del Amor inocente y puro del Ser absoluto, a cada instante.

 

Podríamos llamarlo sacrilegio o blasfemia, cuando les contamos a los niños, a los inocentes que nos siguen los pasos, cuentos, mentiras e ilusiones, historias y metáforas para no dormir o para mantenerlos hipnotizados, con tal de que no vean nunca lo simple que es vivir.  

 

A la inocencia no le pasa desapercibida la mentira humana; es sensible a todo y aunque lo respete todo por Amor al Ser, sabe perfectamente bien que la realidad siempre supera a la ficción.

 

La maldad, la perversión, la adoración a dioses inventados, la maldad disfrazada de falsa bondad para someter a la inocencia humana, jamás ha podido vencer al Amor.

 

Un corazón inocente y noble, abierto al Amor Universal, no teme ni a la muerte.

 

Debemos volvernos como niños, sensibles e inocentes, si queremos madurar, sólo así se le puede regalar a los que nos siguen los pasos una escalera de valores más humana, porque son demasiados los siglos y siglos aparentes, intentándolo como adultos. Ya se ha visto dentro de la rueda de la Existencia, que el drama eterno, nadie lo va a parar.

 

Los niños recogen y entienden mucho mejor la verdad del corazón, permanentemente conectado al Ser siempre presente, que la mentira hipócrita de la mente siempre ausente.

 

Nuestro verdadero Ser, invisible a los ojos humanos, es inocente, sacro y puro. Es la ignorancia humana la que nos hace creer, presuponer e inventar justo lo contrario.