Es tan fácil vivir, ¡tan fácil!

 

Primero decirte que no intentes comprender intelectualmente lo que nadie ha podido ni podrá comprender intelectualmente, porque somos una existencia que ha olvidado que únicamente hay existencia. La comprensión lúcida va más allá del intelecto que personaliza la existencia, todo se va revelando con una facilidad que nadie te podrá impedir cuando suceda. Tampoco intentes atrapar lo infinito porque tu ya eres lo infinito, nadie puede atrapar lo que Es, simplemente ya Es. Todo es nuevo y original en la Presencia del Ser, cualquier cosa, sea la que sea, jamás ha sucedido antes ni va a suceder después.

 

El día de ayer ¿dónde lo ves? y el día de mañana ¿dónde está? Fíjate lo fácil que es vivir cuando la mente se ha liberado por completo de estupideces. Creemos que el tiempo existe porque no vemos que cualquier día de nuestras vidas, transcurre en el día de hoy, siempre es hoy. El día de hoy es el día eterno y mágico, por decirlo de alguna manera, es el día que se nos regala todo, el día que nos sucede el milagro, el día que podemos sentir el gozo de estar vivos, es el día más especial para experimentar el misterio divino de la existencia. Sufrimos inútilmente cuando no lo vemos, cuando no queremos pasar de los aparentes recuerdos o de las ansiosas expectativas. ¿Qué sufrimiento puedes sentir ahora mismo, si ves que ¡esto! ya está realizado? No tienes ni que esforzarte para que el día de hoy transcurra con facilidades. Si no te mueves de la Presencia del Ser, ¿qué otro día necesitas más vital, mejor realizado, más brillante o más divino y sagrado que ¡éste!, siempre el día de hoy?. ¿Existe otro día mejor que el día de hoy? ¿Ah sí? ¿Dónde está? Observa si es radical la luz de la Presencia; la mente puede decir las gilipolleces que quiera, pero jamás podrá impedir que el eterno hoy sea el mejor día de toda tu Vida. Si lo aprovechas es un regalo divino, precioso y brillante, puede revelarte mucho más que todos los ayeres o un mañana; si no lo agradeces tal como te lo presenta la vida y prefieres los ayeres o los mañanas inexistentes o imaginarios, puedes llegar a creer que no hay justicia divina. La justicia divina está siempre presente, jamás está ausente, jamás abraza o contempla lo que ya está realizado. Ahora, si prefieres creer o imaginar que la vida te debe cosas, vete al día de ayer o al día de mañana, piérdete el día de hoy, lo más brillante, divino y reluciente que ya se te regala.

 

Fíjate si es fácil, y lo complicado que lo hacemos ¿verdad? Lo hacemos complicado porque no queremos admitir que no somos los constructores del día de hoy. El día de hoy se va revelando, va cambiando, va moviéndose, va sucediendo, se va desarrollando gracias a la Luz divina y eterna de la Vida, no gracias a nuestras mentes ciegas, ofuscadas y caóticas que lo complican todo. Lo complicamos para no admitir que es muy, muy, muy fácil vivir, para no admitir que no sabemos nada de nada de la Existencia o de esta vasta inteligencia que nos mueve espontáneamente a todos. De todo hacemos un drama para no admitir que vivimos en un sueño hipnótico que nos hace suponer que somos los propietarios y los responsables de una macro existencia divina, una única existencia que nos sucede sin esfuerzo, a todos a la vez, sin que tengamos que luchar  para que el día de hoy, siempre el día de hoy, esté realizado y completo, sólo hay que agradecerlo y gozarlo.

 

El ego ilusorio es el caos, el más dramático de la película llamada “el mundo y yo”, siempre está sufriendo entre ayeres y mañanas, jamás está presente porque no tiene luz propia, por eso quiere adueñarse de la Luz divina, quiere gobernar, quiere comprender o quiere alcanzar lo que nadie ha podido gobernar, comprender o alcanzar. Hasta que el ego no se rinde, vives un sueño hipnótico de sufrimientos inútiles, por amor, porque parece muy, muy real lo que cuenta el ego de la historia divina y caótica que te cuenta, pero solo son fantasías de vidas pasadas o de vidas venideras que no existen. Si haces caso al ego jamás te das cuenta de que sólo hay Vida siendo Vida en el día de hoy. La existencia es sin tiempo, sin historias inexistentes, lucha ni sudor.

 

El día de hoy es divino, santo, sagrado, no hay que inventar santos o un más allá para no quedarse presente en el día de hoy, agradeciendo los dones y el regalo divino. ¿Sabes lo que pasa inventando santos, dioses o un más allá? Pues que te hace suponer que tu no eres fruto de esta santidad tan vital que nos sucede sin prisas y sin pausas, sin interrupción, a todos a la vez. Tu ya eres lo infinito, pero la mente está a años luz de tu naturaleza original, entretenida queriendo otro día u otro momento, está con sus relatos sobre el bien y el mal, sobre lo que fue y lo que será. ¿Puedes ser otro en este instante? ¿crees o imaginas que podrás ser otro mañana o pasado? Sigue intentándolo con el ego ilusorio del bien y del mal que no lo conseguirás. Si no interrumpes el día de hoy, imaginando que puede ser más bueno o más malo, ya lo tienes todo, hoy es la maravilla eterna de lo que Es. Si no personalizas la existencia, si te das cuenta que no eres ni propietario de tus pensamientos que vienen y van, tal vez te acostumbres a enamorarte de la Luz divina y eterna del día de hoy, mucho más de lo que ahora imaginas. Ayer y mañana es sin luz, la Luz siempre está en el día de hoy.

 

Mira que es fácil vivir, siempre es la maravilla eterna de lo que Es. Lo que fue y lo que será ¿para qué lo quieres, si no es para trascenderlo con la Luz de la Presencia? ¿para no agradecer ni ver que ya se te regala todo? En fin, en ti están todas las respuestas cuando dejas de gobernar, manipular o personalizar la existencia, ¿sabes por qué? Porque, más allá de la mente, eres la Luz siempre presente. No hay ni que esforzarse, todo ya acontece, todo ya sucede, todo se nos regala con justicia divina precisamente, no hay ni que pensarlo. El día de hoy no lo mueve nadie, porque sólo Dios, la Vida o la Existencia, llámalo como quieras es el creador de todas las cosas. Ninguna persona está haciendo nada, porque la simple creencia de ser personas que viven de recuerdos y de futuros expectantes, creyendo que pueden adueñarse de la Vida, es lo que más nos aleja de lo que en verdad somos. Jamás nos sucede nada, todo es aparente, aunque parezca muy, muy real, todo es un sueño hipnótico de amor, excepto el eterno día de hoy, que es donde hallamos la Presencia absolua del Ser, nuestra auténtica naturaleza original.

 

Sólo la Luz siempre presente y radical del día de hoy, si se agradece, puede liberarnos de todas las gilipolleces aprendidas que se cuenta la mente egocentrista sobre el bien y el mal para sentirse propietaria de una vida de sacrificios, sudores y esfuerzos o dueña de un mundo imaginario. La felicidad sin causa siempre está presente, jamás la hallaremos en un más allá, siempre ha estado ahí, siempre en el día de hoy. La Presencia es infinitamente maravillosa con todas sus criaturas, simplemente hay que estar abierto a reconocer que uno no sabe nada de nada de tan divino misterio y de tan maravillosa inmensidad. A partir de ahí, en la rendición sincera, la Vida se pone tan fácil, ¡tan fácil! que no hay ni que pensarla, ya sucede sin más. La interrumpimos imaginando que comete errores, sin ver que el peor error del hombre es imaginar que sabemos más que la Vida. Existimos, somos, sin error. No hace falta ni comprender, ya se va revelando todo. La Luz de la Presencia, cuando más la buscamos en los santos, en los libros, en las universidades o enseñanzas duales, más la perdemos de vista, más nos alejamos de lo que en verdad ya somos. El lastre del conocimiento imitado, heredado y personalizado, es lo que más nos aleja de nuestra divina originalidad.

 

Todo está mucho más allá de la comprensión intelectual, de lo que personalizamos para no ser originales. La inocencia perdida la recuperamos conscientemente cuando nos rendimos, cuando nos damos cuenta que jamás nos hemos movido del día más luminoso, más vital y más divino de todos, el eterno día de hoy. Si te dejas envolver por el silencio sabio y desconocido del eterno día de hoy, inherente a todo, tal vez descubras que no somos el cuerpo, somos la Vida. El cuerpo lo utilizamos tan solo para maravillarnos de tan divina obra de arte, de tan fascinante misterio revelándose siempre en el día de hoy. No hay que hacer tanto circo para excluir la verdad viviente. Lo que sucedió ayer no existe, y lo que pueda suceder mañana, nadie lo sabe. Ahí está el drama de la humanidad, todo el mundo investigando y buscando para controlar lo que pudo haber sido y no fue o especulando ansioso por lo que podría suceder el día de mañana, con miedos absurdos metidos en el cuerpo por lo que aparentemente,  sólo aparentemente, sucedió. Así es como se pierde el día más sagrado, más vital y más completo, el más divino y más luminoso de todos, el eterno día de hoy. Después hablamos de estar vivos, y nos pasamos la existencia entre ayeres y mañanas, muertos de miedos absurdos metidos en el cuerpo para no ser originales, sin agradecer nada, buscando lo que jamás se ha perdido, porque no vemos la vida o la existencia como un regalo, la buscamos allí, allá o en el más allá, jamás se ha movido de la Presencia, del eterno día de hoy, del lugar en el que nos sucede la Vida. 

 

Aparentemente, sólo aparentemente, algunos se dan cuenta cuando tienen un pie a punto de meterse en el cementerio, entonces dicen: madre mía todo ha sido un auto recordatorio que me he perdido por no ser original, por imitar a todos, al mundo aparente, con tal de no querer rendirme nunca o por no aceptar la propia invitación ¡siempre presente! para verlo y agradecerlo todo como un regalo. Otros no lo verán jamás porque están tan ocupados con su egocentrismo, queriendo más, pidiendo milagros, cediéndole el poder al ego ilusorio para sentirse importantes, o queriendo gobernar lo que nadie ha podido gobernar, que incluso en el lecho de muerte creerán que no ha habido justicia divina. Habrán pasado por el paraíso eterno que se nos regala a todos, sin aceptar la propia invitación, sin haber visto el eterno día de hoy, sin darse cuenta de su divinidad, esclavos del ego ilusorio que inventa el libre albedrío, el tiempo y un más allá. De todas formas, cuando desaparece un cuerpo no ha muerto nadie, simplemente ha desaparecido una ilusión, un cuerpo que ha creído ser algo o alguien, un personaje muy importante que ha intentado adueñarse de la Luz eterna de su creador al no rendirse nunca. Por ejemplo, mi aparente padre, cada vez más rendido ante el Ser, pero todavía a sus 95 aparentes años, explica que su vida ha sido una guerra y una lucha continua, un duro trabajo, no se ha dado cuenta que le ha cedido todo el poder al ego ilusorio que vive de recuerdos y expectativas, un ego que lo único que le ha importado es gobernar al Ser siempre presente por no ser original, por miedo a rendirse, por miedo a perder el falso poder que ha creído tener, por miedo a desaparecer como personaje ilusorio en Vida. Al no rendirse conscientemente a la Vida, no se ha dado cuenta que todo le ha pasado por delante, sin agradecer nada, no ha sentido el gozo de estar vivo a cada instante. Sin embargo a la Luz del Ser del cuerpo que he llamado padre, le agradezco profundamente el regalo divino para verme y reconocerme en la unidad, lo he sentido en el amor incondicional. Su aparente ceguera ha sido esencial en mi rendición para ver la mía, para sentir el auténtico amor, más allá de las palabras. A lo que en verdad somos, al Ser siempre presente en el siempre hoy, no le sucede nunca nada.  Solo hay Vida siendo vida, LUZ y AMOR, nadie que tenga o viva una vida en propiedad, nadie que tenga una vida en el cuerpo. No hay múltiples vidas, sólo hay una, y cada uno, si acepta la propia invitación, puede hacerse consciente de su totalidad. En nuestra nada está todo.

 

Es tan fácil vivir ¡tan fácil!.