Si la palabra no nace del Silencio eterno, inherente a todas las formas, el ser humano siempre creará o inventará la idea preconcebida de ser más importante que un perro, una montaña, un mosquito, una flor, un papel, o el Sol, porque creerá que sabe lo que no sabe.

 

Lo único distinto que se nos regala a la especie humana, a diferencia de las demás especies sintientes de la creación, es la luz de la consciencia, para hacernos conocedores de la auténtica naturaleza, para acabar viendo que todo es un auto-recordatorio. En absoluto, esta luz nos pertenece o nos hace presuponer que somos más brillantes, más importantes, más especiales o más espirituales que cualquier objeto, cosa, ser o forma de la creación.

 

La Vida es impersonal y atemporal, con lo cual, desde siempre y para siempre, muy inteligentemente, ha jugado y jugará con la palabra que es de nadie, para apoyar el despertar de la Consciencia. Lo único que sucede cuando la consciencia ha despertado es que te das cuenta de que no ha despertado nadie, puesto que somos la Vida, no personajes de ficción.

 

La palabra que sirve sólo para vivir informado, no es conocimiento, ni jamás nos acercará al conocimiento lúcido universal. Precisamente, hay un único idioma, el que es universal para todos, que no nos confundirá jamás, que es el Silencio eterno, que si se le permite entrar, resuena como una melodía, perfectísimamente bien en el corazón. 

 

Hay que cruzar el propio desierto, si lo que más se anhela, es que la luz venga al encuentro.