No hay error.

No hay error, la Vida jamás se equivoca. Mientras sigamos mintiendo a nuestros hijos, el drama de la humanidad o la rueda eterna del auto engaño, es sin fin. Mientras llenemos ese hogar pulcro, sagrado e íntimo de nuestros hijos, sólo de ansias de poder, ansias de ser vistos mejores de lo que somos, con necesidades de aplausos y fama, sólo soñando con tener y retener cosas materiales, juguetes, reyes magos y tonterías, sin que esos hijos puedan heredar integridad, respeto, amor incondicional, igualdad y lealtad, valores naturales de la Vida, eso no cambia. No esperemos milagros inútilmente, porque el milagro eterno siempre está presente, a la vista de todos, siempre estamos asentados en la gracia permanente.

 

Que nadie se atreva a decir que hemos evolucionado en Consciencia, ¿dónde vemos la evolución? El mundo es un espejismo de uno mismo, todo lo que imagino allá afuera me sirve para verme a mí, todo aparece en la Consciencia que yo soy. Mientras hayan niños engañados, que no se les respete su lugar, ni su intimidad sagrada, que no se les observe antes de hablar, que se les exija ser como los padres idealizan o los proyectan, que no se les ame tal como son, tal como son, siempre proyectaremos en ellos nuestras frustraciones, para que se sientan desatendidos y abandonados en medio de esos personajes que nos hacemos llamar adultos. Mientras los niños se sientan desprotegidos en el día de hoy,  sin el amparo absoluto de este tal mundo en el que vivimos, eso no es evolución en absoluto, eso es más de lo mismo, no admitir la propia ceguera, la propia sordera y la propia ignorancia ante la Vida. Es el drama eterno de la humanidad, cambian los rostros, los personajes, las luces y los escenarios, pero es más de lo mismo, es un drama sin fin. Si no queremos madurar, si preferimos rezar que llorar, seguir con la vida rosada en la cabeza y con la vista puesta sólo en lo material, somos los constructores de esos futuros jóvenes que lanzamos al circo sin salvación. A menos que la Vida se apiade de esos seres inocentes y les aleje de según que manos que dicen atenderles, o dicen ser sus padres y maestros, porque es un sigue, sigue y sigue, es un copiar y pegar, es el mismo drama eterno de siempre. Es seguir fascinados con el espectáculo exterior, sin ver para que nos sirve.

 

Un padre o una madre que no sabe decirle humildemente a su hijo, lo siento hijo, soy tan inocente como tu ante esa imensidad, ruego que algún día puedas verme más allá de la mente, te pido disculpas por haber creído ser alguien o algo mejor o superior a ti, si no saben decir eso tan sencillo y con todo el amor del mundo, ese padre o esa madre, más vale dejarlos entretenidos con su ilusorio personaje, porque la Vida sabe muy bien porque hace lo que hace, donde lo hace y con quien lo hace. Jamás ha habido error en nada, ni un solo punto ni una sola coma vamos a poder cambiar. No deberían existir los secretos de familia, ya que todo se manifiesta en la consciencia, y nadie es culpable de su inconsciencia, pero hay que verla, aceptarla profundamente tal como es o reconocerla. Todo es la Vida experimentándose a sí misma, ya nos da la misma invitación a todos, siempre presente, que aceptamos o rechazamos, y nos grita más fuerte que cualquier otra cosa del mundo: -estoy aquí, jamás te he abandonado, ábrete a que te suceda la lucidez, yo te liberaré del falso personaje y de toda tu aparente historia personal, para que puedas fluir con el Ser, sin más, maravillándote de la experiencia y la existencia, sin miedos absurdos en la cabeza.

 

Todo padre y toda madre de la mentida humana, incluida yo misma, o sea, yo la primera, puesto que todo es un recordatorio, simbólicamente, deberíamos lavarnos la boca con jabón antes de dirigirnos a nuestros hijos, deberíamos arrodillarnos ante su presencia y agradecerles tanta pureza que nos regalan nada más nacer, para que podamos reconocernos, para que veamos lo que ellos no pueden ver cuando nos descubren, porque lo que les enseñamos  no es tan puro como les hacemos imaginar. Deberíamos  examinar nuestra Consciencia, vernos  por dentro antes de que imaginemos que la mentira indecente era lo que se esperaban encontrar de nosotros. Deberíamos hacerles reverencias, cada vez que esos seres de luz, que se dejan llamar hijos de mamá y de papá, se acercan a pedirnos explicaciones, porque con sus inocentes y limpias miradas ya nos lo cuentan todo. El brillo del amor incondicional reluce en sus miradas. Hay que estar ciego para no verlo.

 

Sé que esa reflexión, todavía hoy, no sirve de nada en absoluto, cada uno seguirá con su círculo vicioso, machista, arcaico y caduco, para que no se nos vea el plumero de que no sabemos nada de nada de esta fascinante y maravillosa inmensidad que se nos regala a todos, para que nos veamos en el sí mismo a través de todo.

 

En fin, aquí queda escrito, para aquel o para aquella que quiera ofrecer a su hijo algo más hermoso que fijarse en un pobre cuerpo efímero y mortal, puesto que en el cuerpo no hay nadie, nunca ha habido nadie y nunca lo habrá, es la Consciencia la que debemos llenar de integridad, amor, respeto, unidad e igualdad. Es un lujo verlo todo con la Luz y el amor del Ser.

 

Porque veamos nacer un organismo corporal, eso no quiere decir que es lo que somos, somos muchísimo más que un simple cuerpo, una simple mente humana o una simples emociones que vienen y van. La Consciencia, ese vasto espacio de la consciencia,  toma a ese cuerpo para caminar despierta o con lucidez, para maravillarse de su propia manifestación, y lo que se encuentra es un panorama desolador, unos cuerpos que se hacen llamar padre, madre, abuelo o abuela, cuerpos que se hacen llamar maestros de las ciencias o maestros iluminados. Así no me extraña que lo primero que debamos hacer es personalizar la existencia y mentirnos los unos a los otros, puesto que la verdad que ya se revela a sí misma, la maravilla eterna de lo que Es, es totalmente impersonal e incondicional, y no se halla en el cuerpo, Eso, es lo único que puede liberarnos de tanto fiasco y tanta falsedad. Para esa única y vasta Consciencia es lo mismo un cuerpo que una flor, no tiene más importancia un cuerpo humano que un cuerpo de un gato o un perro. Para esa Conciencia siempre presente no hay diferencias, no excluye absolutamente nada.  Nada es mejor o es peor que otra cosa. Todas las formas de vida que hay son manifestaciones de la Unidad.

 

¿Alguien puede acordarse de su nacimiento? Nadie puede, porque lo que en verdad somos no ha nacido ni morirá, siempre está aquí, siempre está presente, todo se mueve y cambia en el siempre aquí y ahora.  Si eso es visto, no hay ni que preocuparse para cuando muera o desaparezca ese organismo corporal, nadie sufre, nunca ha habido nadie en el cuerpo. Sólo hay Vida moviéndose o sucediendo espontáneamente, Vida buscándose a sí misma a cada instante, empujándonos a todos a regresar a la fuente de todas las cosas, a la Presencia que ya es Consciente de sí misma; puesto que ESO, eso que no tiene nombre ni forma, eso que está siempre ahí, esa visión de lo que Es, es lo que en verdad buscamos, porque ESO es lo que somos, y no hay ni que rezar para encontrarlo, ya está aquí, jamás la encontraremos en un más allá.  Nadie debería preocuparse del día de mañana o del día de la desaparición de ese organismo corporal, porque nadie está en él, nadie nace y nadie muere, somos muchísimo más que un simple cuerpo, que un simple puñado de pensamientos y emociones, simplemente lo acogemos, lo observamos todo para recuperar la integridad perdida. El personaje por el cual nos hemos tomado se ha identificado con el cuerpo, pero nunca hemos sido lo que nos relatamos en la cabeza, puesto que lo que no esté aquí, ahora, presente, no existe. El personaje con su historia personal es soñado por la Vida, y no puede hacer nada por su desaparición, para recuperar lo que en verdad somos. Precisamente, en la rendición del Ser, cuando uno se arrodilla para implorar la lucidez, ese personaje por el cual nos hemos tomado, desaparece, se rompe en mil pedazos que se esparcen por los aires, se funde con todas las formas de vida que hay, porque sólo así podemos recuperar el amor incondicional y la visión lúcida de la Unidad viviente en sí mismo, lo que tanto anhelamos encontrar, el paraíso eterno.  

 

Todo el drama que ofrecemos a nuestros hijos, es indeciblemente teatral, creemos ser los que les enseñamos a vivir, y sin embargo ha sido siempre al revés.  No hay distancia entre un hijo y un yo, o entre un padre y un yo, todo me revela a mi lo que realmente yo soy. Cada ser humano nace completo, nos creemos incompletos porque aprendimos a mirar la vida con los ojos cerrados, y por eso son muy pocos los que han  pasado del pobre concepto amor, da pavor reconocer nuestros límites sagrados, nos da pánico reconocer que somos lo mismo que cualquier otra cosa, dentro de esa inmensidad. Podemos reconocernos a nosotros mismos a través de cualquier manifestación que aparece en ese espacio vasto de la consciencia. Da vergüenza ver que, todavía hoy, así es el juego al que jugamos todos, pero así es, así ha sido y así será.

 

No nos sucede nunca nada en la Presencia, pero toda la manifestación nos sirve para vernos más allá de la mente y del corazón humano. Sólo hay Unidad. En realidad, somos dioses recorriendo la propia manifestación, pero lo hacemos con la pobre idea de ser unos personajes, porque confundimos la sensación de existencia en el cuerpo, con yo soy una persona que decide y controla. La Vida sucede sin prisas pero sin pausas, con  un ritmo de extraordinaria belleza. Encuentra ese silencio eterno que lo envuelve todo porque ahí hallarás el divino misterio, tu sabiduría innata y tu auténtico hogar, no debe cambiar nada, ni la mente debe aquietarse, sólo cambia la percepción de las cosas. La Vida lo único que quiere es no ir a contra corriente, quiere disfrutar de la existencia, todo ya sucede, todo se pone a favor.

 

Siempre que tu mente te lo permita, intenta ir más allá de estas palabras o de las que sean, porque la Vida no es cosa de comprensión intelectual, ni es cosa de poder, es cosa de intuición y lucidez, la auténtica comprensión viene después.

 

 

 

Si estás aquí es por algo, simplemente relájate y observa sin expectativas, porque el Arte, la Luz y el Amor de la Vida, están siempre donde tu estás. Ábrete a la lucidez.