La Vida es para vivir feliz, no para sufrir y hacer sufrir.

La Vida es para vivir y experimentarla de un modo íntimo y pleno, tal como se nos presenta y, a la vez, para observarla y agradecerla tal como se manifiesta en el sí mismo. La Vida jamás ha sido injusta, ni jamás se ha equivocado, ni jamás incurre en error, pero nuestra mente dual hará lo indecible para que creamos que sí.

 

Si rechazamos lo que sentimos tal como lo sentimos en el sí mismo, o si no nos observamos nunca, no veremos para que nos sirve el fascinante espectáculo exterior que llamamos el mundo.  El drama eterno de la humanidad es ver todos los defectos en los demás sin observarse los propios, es ver división y separación. Y, así, es como se genera esa rueda eterna de ignorancia humana, que solemos justificar de diferentes maneras:  -ay pobre de mí- -la vida es injusta conmigo- -es por culpa del mundo o de los demás que yo estoy tan mal- -soy un desgraciado por culpa de los demás-, -quiero ser libre pero el mundo no me deja- etc. etc. etc. por supuesto, con toda la retahíla de frases habidas o por haber que inventamos para no asumir la unidad viviente en el sí mismo; preferimos alimentar el odio y la violencia del mundo con más odio o con más violencia no reconocido en el sí mismo, y lo justificaremos con mil razones al día antes que reconocer que todos somos exactamente lo mismo. El mundo y los demás tan sólo son reflejos de lo que yo soy. La película que llamo “el mundo y yo” tiene un final cuando nos arrodillamos para implorar lucidez. Si no nos observamos nunca por dentro, todo el mundo verá nuestros supuestos defectos, excepto uno mismo. Creeremos o imaginaremos que los malos de la película de miedo que me relato en la cabeza son los demás, excepto yo mismo, así es como suele suceder el drama. El bueno soy yo y los demás son los malos.

 

El peor enemigo del hombre, desde siempre y para siempre, se llama -yo mismo. Nada ni nadie puede hacernos daño si uno ha asumido profundamente la propia ignorancia, la propia violencia o el propio odio camuflado de falsa bondad. Muy desafortunadamente confundimos sensiblería con sensibilidad. Quien ha reconocido su totalidad sabe que la auténtica sensibilidad no tiene nada ver con la sensiblería humana, con ahogar a nuestros hijos o a nuestras parejas. Y, el auténtico Amor está muy lejos del pobre concepto amor que la humanidad utiliza ligeramente para justificar sus pobre acciones.

 

La Unidad está en todas partes, todas las formas de Vida que hay, absolutamente todas, es la unidad viviente que se le manifiesta a cada uno. Tu me muestras tu comportamiento y yo lo acepto profundamente en mí, si hago lo contrario, si rechazo lo que veo y siento a través de ti, únicamente deduzco o imagino sin admitir mí parte, lo que me estás enseñando de mí. Si no reconozco nunca que aquello que no me gusta de ti, es a mi a quien le sucede o a quien se le manifiesta, seguiré engendrando en mi interior más de lo mismo, miedo, más miedo, violencia o resentimiento. Veré la maldad en ti y jamás la veré en mí. Esa es la ridícula rueda dramática de la dualidad humana, ver siempre la violencia allá y jamás aquí, siempre verla en ti y jamás en mí.  ¿Dónde nos sucede o se nos manifiesta ese tal mundo que imaginamos allá afuera, si no es aquí, en mí, en ese organismo corporal? Cuando un cuerpo muere, también muere la película llamada “el mundo y yo”, todo se queda en el cementerio, es obvio ¿verdad? La película es fundamental para poder regresar a la Presencia, para poder recuperar nuestra integridad, por supuesto antes de que muera el cuerpo, porque es nuestro derecho natural recuperar la integridad, la paz y la felicidad sin causa, pero si preferimos echar balones fuera, si preferimos una vida rosada de príncipes y princesas sin ver para que nos sirve la película llamada “el mundo y yo”, nos quedamos atrapados en el cuerpo hasta su muerte. Yo Soy Consciencia, y esa Consciencia siempre está presente, la mente siempre está ausente, atada a un mundo dramático e ideal que uno se imagina allá afuera, separado de él, jamás real.  Ese es el drama eterno de la humanidad. En lugar de coger el toro por los cuernos y enfrentarse al enemigo número uno, llamado -yo mismo- preferimos llorar y rezar, soñar e idealizar una vida mejor que la que ya nos sucede, preferimos meditar o suplicar un mundo mejor o un mundo de paz, sin ver que el mundo que imagino allá afuera lo atraigo hacia a mí, para ver mi totalidad.  Si no me asumo, el mundo me devolverá multiplicado por mil, todo aquello que no quiero ver ni asumir. Cuando uno asume la unidad viviente en el sí mismo, nos sucede la observación de esta mente, entonces podemos liberarnos de la película dramática que sólo sucede en la cabeza, llamada “el mundo y yo”. Sólo se nos da otra oportunidad cuando dejamos de soñar e idealizar algo mejor que lo que ya Es, y nos enfrentamos al enemigo número uno, que no es otro que yo mismo.  Si yo veo mis propios miedos, si tan sólo los acepto, veo que el miedo se va diluyendo, se va difuminando y se convierte en intuición y lucidez.

 

La Vida no es cosa de poder, éxitos, fama o retener cosas y más cosas, porque ni todo el oro del mundo, ni toda la fama del mundo, ni todo el éxito del mundo, puede devolverte la felicidad eterna siempre presente, como Sí lo hace no rechazar nada, ¡nunca! de la verdad viviente en el sí mismo. La Vida es cosa de observación, intuición y lucidez, no de poder, sueños o gilipollez. Porque hay que ser gilipollas para imaginar que en esta vida se ha venido a sufrir y hacer sufrir, sólo hay que ver la naturaleza.  Si te asumes tal como eres, si asumes tu parte y dejas el mundo en el que vivimos en paz, en manos de su creador, lo más probable es que el mundo te deje en paz y agradezcas profundamente haber nacido, hacer el recorrido de la Vida o vivir la experiencia con lucidez. La Vida es una maravilla, es una Luz nueva cada día, un Arte nuevo a cada instante, una melodía de alegría en el corazón, no es una gilipollez o una estrategia para permanecer con resentimiento camuflado de bondad o de maldad.

 

Si asumes la Unidad viviente en el sí mismo, la dualidad se acaba esfumando para siempre, te has fundido con el Ser, has recuperado la integridad, experimentas la existencia con la maravilla eterna de lo que Es, fluyes, sin más, con alegría infinita en el corazón, porque ESO es lo que somos, alegría infinita encarnada. En la Presencia se acaba el drama de la humanidad, es el fin de la película dramática llamada “el mundo y yo”, es el fin del rechazo a lo que se manifieste ahí, en mí. Somos el paraíso eterno, no hay ni que luchar para conseguirlo, ni debemos comprender nada, siempre ha estado ahí, siempre está ahí.  Cada instante que se manifiesta es un regalo, un hermoso y divino regalo.

 

Gracias a los demás, a todas las apariencias y manifestaciones habidas o por haber, uno puede recuperar la lucidez hasta poder regresar al paraíso siempre presente. No hay dos, no hay un tu separado de un yo, en realidad yo soy tu y tú eres yo, lo que me despiertas tu sólo lo se yo, y lo que te despierto yo sólo lo sabes tu, y por más que busquemos palabras para definirnos, jamás las alcanzaremos, porque somos indefinibles a cada instante, somos todo lo que Es y todo lo que no es, desde siempre y para siemore ha sido así. Sólo hay Unidad.

 

Si observas a un niño tal como es, sin juzgarlo, sin etiquetarlo, te aseguro que te enseña más la integridad de ese niño que toda una aparente humanidad dual que uno debe imaginar en la cabeza. Todos los padres y madres de la mentira, de la ignorancia, ceguera o gilipollez humana no reconocida en el sí mismo, simbólicamente deberíamos lavarnos la boca con jabón, antes de poder decir a esa criatura de la Vida, eres mi hijo o eres de mi propiedad. Todos somos hijos e hijas de la Vida, no de un padre o de una madre que no hacen otra cosa que generar miedos, violencia y drama eterno, la inmensa mayoría sintiéndose víctima de sí mismo sin verlo, queriendo sufrir y hacer sufrir, al no asumir la unidad.  Si realmente amases a tu hijo, antes te irías a un desierto o a una cueva para deshacerte de toda la mentira o del auto engaño, te liberarías de toda la idiotez humana asumiento al Ser, sin personalizar la existencia, asumirías la unidad hasta liberar a esa mente dual de la ilusión del mal, porqud siempre lo ve allá donde no lo hay, y verías con total lucidez a través de eses hijo, tu grandiosidad. Jamás un padre que no asuma la unidad, respetará a esa criatura, ni lo amará con todo el AMOR incondicional, siempre ha sido al revés.  La alegría encarnada nos la despierta el hijo, jamás un padre que no se haya vaciado de estupidez humana podrá despertar a su hijo Alegría infinita en su corazón. Ese es el drama eterno de la humanidad, creernos propietarios de nuestros hijos, de nuestros cuerpos, de las cosas y de los regalos que la Vida nos ofrece a cada instante. Hay padres tan torpes y tan pobres por dentro, que ahogan a sus hijos, los necesitan para dormir, para retro-alimentarse de su luz, únicamente pueden ofrecerle sus frustraciones, ruido, juguetes, cosas, miedos, sensiblería, victimismo, seriedad o estupidez, jamás sensibilidad, silencio, alegría, valor, madurez, amor incondicional o lucidez. ¿Qué sabemos realmente de esa inmensidad? Y sin embargo nos llenamos la boca de barbaridades para justificar nuestra necedad no reconocida, para justificar nuestra ceguera ante la Vida.  Es preferible reconocer la ignorancia a tiempo, antes que nuestros hijos hereden más de lo mismo, la misma mente arrogante y engreída de siempre, los mismos humos para ver diferencias y división, los mismos aires de grandeza o superioridad de siempre.  La Vida es cosa de humildad, es muy simple, es dejarse vivir y dejarse llevar sin miedo, no es cosa de control, de miedos o de inseguridad.

 

Cuando uno asume la unidad, va descubriendo sus límites sagrados, sus sagradas imperfecciones, va tolerando sus supuestas manías o vicios, hasta que pueda comprender que no hay nada que comprender, porque la Vida no tiene ningún sentido o propósito, lo único que pretende es que vivamos despreocupados y seamos felices a cada instante, con todos los regalos que ya nos ofrece cada día.

 

Nos tomamos la Vida con demasiada seriedad, la mayoría de adultos se vuelven tristes y serios, porque tristemente negocìamos con la vida, con lo que ya somos, al no ver que la Vida es inocente y que no está sólo en un cuerpo, está en todas partes, nos sucede en paz, y se nos muestra eternamente feliz. No somos un personaje en un cuerpo, somos Consciencia Presente, muy consciente de sí misma, por cierto, y a cada uno se le da el mismo regalo para descubrirlo, el mismo Amor y la misma Luz, que se aceptará o se rechazará, así de simple.

 

 

La Vida es para vivir feliz, no para sufrir y hacer sufrir.

 

Si estás aquí es por algo, simplemente relájate y observa sin expectativas, porque el Arte o el Amor de la Vida, está aquí, siempre ahí, siempre donde tu estás. Ábrete a la lucidez.

 

Duda de todo y de todos, menos de ti, porque tu eres Eso que tanto has andado buscando.