La invitación.

Cada ser humano tiene la misma invitación para redescubrir que este instante vivo, ¡siempre presente! ya está realizado, se sostiene solo, no lo cambia ni Dios, porque eso que la humanidad ha llamado Dios, siempre está presente, siempre es lo que es. Nadie ha podido mover ni lo hará, una sola coma ni un solo punto de la existencia humana.

 

La invitación para redescubrir que todo es la Vida, ¡siempre presente!, no es exclusividad de nadie, simplemente es aceptada o rechazada, así de simple.

 

Cada historia personal sucede en la cabeza, es única e intransferible, única en el mundo, y, nadie puede experimentar lo que uno debe vivir o experimentar. Es tan evidente, cuando se asume la unidad, que la invitación ¡siempre presente! es personal e intransferible, que únicamente sirve para el despertar de la consciencia humana. Se sugeriría a aquel que busca la liberación de su mente para poder recuperar la felicidad sin causa, que se rinda al Ser siempre presente, y acepte profundamente toda la experiencia, su propia invitación.

 

Una vez la invitación es aceptada completamente, ya no hace falta escuchar las fantasías ni las ridiculeces o estupideces de nadie, ni nadie debería escuchar las propias fantasías o la propia ignorancia, todo relato personal es de la naturaleza de un sueño, que nos sirve, únicamente, para despertar. Cada uno debe asumir su parte, cada uno tiene la propia invitación ¡siempre presente!, que si se acepta, es el principio del fin del sufrimiento humano; no hay otra posibilidad para liberarse del propio drama o de la propia mochila cargada de siglos y siglos de sufrimiento, que la de rendirse hasta fluir con el Ser siempre presente.  Demasiados aparentes siglos son los que la humanidad ha empleado a escuchar y a transmitir, de generación en generación, estúpidas fantasías,  ignorancia y ceguera humana.  El sufrimiento que conlleva no aceptar la propia invitación y no asumir la unidad viviente en el sí mismo, no abrirse a la vida siempre presente, supuestamente, se mantiene presente hasta que se pueda ver, con total lucidez, más  allá de la mente,  que vivir es un asunto de amor con la existencia, una maravilla sin precedentes.

 

Asumiendo la unidad, uno se va liberando de pesos inútiles, hasta poder vivir sin relatos estúpidos, sin buenos o malos, sin el tiempo y sin dioses inventados inútilmente, sin historias que no existen ni existirán, puesto que ¡jamás de los jamases! podremos evitar ser lo que ya somos,  la Vida, ni podemos existir o caminar estando más cerca o estando más lejos de nuestra auténtica naturaleza original.

 

Sólo aceptando la propia invitación ¡siempre presente! se nos brinda otra oportunidad, la oportunidad de oro, la de poder vivir plácidamente, sin sufrimiento, y se nos regala lucidez hasta recuperar el paraíso aparentemente perdido, puesto que el paraíso jamás se ha movido de la Presencia, es ESO indefinible, es este instante presente, vivo y eterno que nadie puede mover o retener, es la Presencia Consciente de sí misma.

 

No nos sucede nunca nada, jamás nos movemos del instante presente, pero ¡esto! tal y como lo ves o tal como lo imaginas o lo reinterpreta tu mente, es tu propia invitación, para asumir la unidad viviente en ti, para ver, más allá de esa mente dual, que lo único que hay es Vida, nadie que tenga o viva una vida. Hay una única inteligencia, la que está sucediendo ahora mismo,  completamente liberada y realizada, que puedes sentir aquí mismo. Esa sensación de vida que sientes ahora mismo, ese existir ahí mismo, es el auténtico Yo Soy, no el personaje que imaginas ser, el falso yo que vive del relato en el tiempo o de su ilusoria historia personal. Si se acepta la propia invitación, experimentar la maravilla eterna de LoQueEs, se está a un paso de recuperarlo todo, tanto la lucidez como el paraíso, puesto que ESO, la realidad máxima, lo absoluto, el paraíso eterno, es lo que verdaderamente somos.

 

anna