El tiempo y la edad

El Tiempo y la edad.

 

 

Pregúntale al Sol, a un animal o a cualquier ser de la creación que no sea el ser humano, ¿cuántos años tienes? si pudiese hablar te diría: -no lo sé ni me importa. ¡Soy! nada más. Existo, punto y final.

 

Junto con mi falsa creencia de ser algo o alguien que podía mover ese instante siempre vivo y presente, apareció el concepto tiempo. Este concepto me hizo suponer que YO (Consciencia) sólo estaba en el cuerpo, y que mi experiencia de vida, inevitablemente, sólo sería un viaje en el tiempo, un comienzo, un medio y un fin. Creí que debía encontrar mi verdadero camino entre el nacimiento y la muerte de ese organismo corporal.

 

Un viaje en el tiempo supone imaginar que yo puedo mover los hilos de la existencia, y esa creencia la apliqué en todo. En la elección de los padres, idealizándolos mejores, en la elección de ser una hija buena que no puede decepcionar nunca a los padres, en tratar de ser la mejor estudiante en la escuela, en escoger buenos amigos tratando de apartarme de los aparentes malos, en idealizar una pareja o un matrimonio perfecto para siempre, en el trabajo esforzándome para llegar a ser la mejor, en ser la mejor madre intentando enmendar lo que yo consideraba errores o imperfecciones, etc. etc. así lo apliqué en todo. Todo era un camino de exigencias y lucha conmigo misma para alcanzar mi idealizada perfección en el devenir. El logro de mis esfuerzos con un resultado impecable en el futuro era lo que me propuse. Como todo ser humano, quedó grabado poderosamente en la psique un mensaje, que reforzaba la idea, de una manera brutal, de ser de una determinada manera, vigorizando la aparente elección y el aparente libre albedrío para moverme en el tiempo. Llegué a creer en el tiempo y en ser una persona con poder de elección, y, como experimentaba lo que parecían ser los efectos del tiempo, llegué a creer ciegamente en el tiempo y en la edad. Por supuestísimo creí que podía vencer muchas de mis supuestas limitaciones personales, experimenté la Vida sin ver como todos mis conceptos o todas mis ideas preconcebidas sobre la Vida moviéndose en el tiempo y en el espacio eran las que limitaban la propia existencia. Yo tenía que esforzarme para ser más buena o mejor de lo que yo era, y por supuesto nació en mí los conceptos de propósito y enmienda, de culpabilidad e irresponsabilidad, y junto a ellos mis expectativas de implicación personal. Esos conceptos martilleaban mi psique, yo tenía que hacer algo, yo tenía que esforzarme más para conseguir que el tiempo jugara a mi favor. Había estado persiguiendo una variedad de objetivos, propósitos, enmiendas y metas porque me encerré absolutamente en la limitación del tiempo y en la historia personal. Como consecuencia de mis supuestas carencias o errores personales, busqué apoyo o refugio en personas, aparentemente amistades, y supuestos maestros autodenominados iluminados o profesionales, que también se movían en la limitación del tiempo y en la separación personal o dual, creyendo que ellos tenían una rica trayectoria de conocimientos, y mejores enseñanzas espirituales que las mías; buscaba ídolos y les imaginaba de gran sabiduría. Buscaba maestros de vida porque tenía que encontrar un modelo a seguir para que satisficieran mis necesidades personales. Tenía que sentir que estaba progresando y evolucionando en el tiempo para alcanzar mis metas personales. Buscaba un sentido a todo, analizaba, cavilaba y esperaba respuestas a mis preguntas. Toda la información que se me daba la almacenaba y mi psique la absorbía como una esponja para seguir moviéndome en el tiempo con más facilidad. Yo tenía mi conocimiento de la historia, de la tradición cristiana y budista, aparentes verdades que se me habían enseñado con las que creí ciegamente, el perdón, el arrepentimiento, la oración, la meditación, el pecado original, salvar y ayudar al mundo, dar limosnas a las personas que supuesta-mente eran pobres, regalar orejas y dar consejos a los semejantes, hacer afirmaciones positivas, yoga, silenciar la mente, etc. etc. Siempre sentía que estaba haciendo lo mejor que podía o sabía hacer, pero no alcanzaba nunca la plenitud que yo quería sentir. Siempre esperaba que surgiese algo mejor que llenase el vacío. Al ver y sentir que las religiones organizadas estaban haciendo un circo de la verdad, me volqué en la espiritualidad de las corrientes del New Age, compré más de lo mismo sin saberlo, busqué recetas mágicas y sucedáneos, hice un largo recorrido comprando y buscando supuestas verdades y supuestos maestros, visité terapeutas autodenominados transpersonales o iluminados, algunos se autodenominaban celestiales diciendo que tenían poderes para devolverte la estrella. Madre mía cuando lo ves con lucidez, lo que inventamos para no tener que reconocer la propia ceguera o ignorancia. Siempre esperando resultados mágicos, pero todo era en torno a la dualidad humana, en torno a moverme en el tiempo, siempre en torno a la separación, rechazando la realidad, la maravilla eterna del instante vivo y presente. Comprendía todo lo que se me enseñaba, pero no podía hacer más, no alcanzaba responder todas mis preguntas, ni llenar el vacío, ya no podía satisfacer mis supuestas expectativas o necesidades. Siempre pensaba: tal vez mañana lo consiga, tal vez dentro de un año haya aprendido más, tal vez cuando la mente se haya aquietado sepa moverme mejor en este mundo, tal vez, cuando deje el trabajo, etc. etc. Llegué a creer en el mensaje de imperfección, de error, de pecado original, del karma, de sacrificio, de buscar mejores lugares y mejores personas. Tenía que encontrar fórmulas o recetas para sentirme adecuada, y llegué a implorar una gracia o un milagro porque no sabía que hacer, no podía hacer más, lo había intentado todo para sentirme merecedora de una vida más justa, más digna y mejor.  Sentí y sabía que debía suceder algo más, pero todo lo que buscaba o encontraba me seguía pareciendo muy arcaico, muy patriarcal, muy artificial y caduco, había mucha máscara, todo era muy superficial y muy anticuado, empecé a reconocer la dualidad humana, empecé a intuir la unidad viviente en mí. Empecé a ver que hay mucho lobo disfrazado de cordero y que hay mucha maldad en la manifestación de la bondad.

 

El cuerpo estaba perdiendo fuerzas, se debilitaba, enfermaba, y yo seguía con la expectativa de querer encontrar fórmulas o soluciones mágicas para poder alcanzar metas. Lo intenté, lo intenté y lo reintenté, hasta que, por fin, después de una enorme decepción, abandoné toda búsqueda y toda pregunta, abandoné la idea de dejarme cuidar por personas que estaban exactamente igual que yo, rechazando la invitación de la unidad viviente en el sí mismo, viviendo con la limitación del tiempo, creyendo ser algo o alguien importante que mueve los hilos de la existencia humana. Abandoné todo culto, toda oración y meditación, abandoné los falsos ídolos, los falsos dioses, los falsos ángeles y arcángeles, los falsos maestros con línea imaginaria del bien y del mal, abandoné todos los libros, todas las buenas intenciones o buenas obras que yo estaba haciendo con los demás, abandoné todo lo que hacía para conseguir ser de una determinada manera. Tenía que tocar fondo para ver que todo estaba ahí, en mí. Al principio sentí pánico, no sabía qué hacer, no sabía dónde me llevaría tanta ofuscación, tanta frustración, tanta decepción, porque sentí el mundo exterior como una amenaza, como mi peor enemigo, jamás imaginé que ese tal mundo que se manifestaba en mí, sólo aparecía y desaparecía, todo era fruto de mi invención. Quería evitarlo, no quería verlo, sentí como si quisiera desaparecer para no ver la propia falsedad, el auto engaño fruto de mi ceguera, al haber creído en una sociedad dual, falsa, necia y aparente, al haber personalizado todas las ideas preconcebidas sobre el bien y el mal. Vi con absoluta lucidez que no hay culpas ni culpables. Así empecé a liberarme de algunos conceptos que yo misma inventé para la

 

En mi rendición, cuando me arrodillé reconociendo no saber nada de nada de esa maravillosa inmensidad, la Vida me abrazó, me acogió con un amor que no se puede explicar porque es inexpresable, poco a poco fui recuperando fuerzas y plenitud, sentí el canto de una libertad espectacular y brillante sucediendo a través de mí, sin ser yo como persona quien la originase, sentí como el esplendor de la Vida transformaba a esa mente que soñaba con conseguir cosas, sólo cosas, para moverse en el tiempo, para sentirse atada al mundo de mi imaginación.  Era alucinante descubrir como todo sucede en la Consciencia, como todo se nos revela cuando dejamos de buscar. Es hermoso sentir como la sabiduría innata y el Amor absoluto puede con todo miedo, con todo aparente mal o con todo lo negativo, si se deja fluir al Ser. Es espectacular ver cómo ningún método, rezo, pastilla, maestro, religión, política, hospital, universidad, libro o sucedáneos pueden acabar con la falsedad humana, con el falso yo, puesto que nada ni nadie puede acercarme o alejarme de la maravilla eterna de LoQueEs.

 

Simplemente, me dejé vivir, acepté profundamente lo Que Es, sin auto análisis, sin rezos, suplicas o meditaciones, no impedí sentir la experiencia, todo lo que sucedía en la consciencia lo dejaba suceder, lo observaba desde una visión diferente, sin temor. Experimenté el miedo y el terror sin miedo, sólo sentía el abrazo eterno de la Presencia que me acogía, no podía ser de otra manera, ni podía esperar nada más, no podía escapar del instante vivo y presente. A partir de ahí, empecé a vivir sin tiempo, para nada me importaba el ayer o el mañana. Supe que siempre había sido así. El reencuentro con el Ser era lo único que yo había estado buscando, toda “mi vida”. Lo único que quería era descubrir mi verdadera naturaleza, recuperar la lucidez para poder regresar al hogar, a la Presencia.   

 

La revelación fue impresionante, íntima e intransferible. Vi que el tiempo tan sólo es una ilusión, siempre es hoy, siempre es ahora, siempre estamos experimentando el horizonte en verticalidad, sin poder mover ni un solo punto ni una sola coma. Conscientes o inconscientes vivimos hasta encontrarnos a nosotros mismos. A un nivel muy profundo tenemos toda la experiencia, completamente aceptada. Nos buscamos fuera, en el tiempo y en las formas, en los ídolos y en las cosas, pero siempre estamos siendo abrazados por la Presencia. Cada uno tiene su propia invitación para verlo o descubrirlo, que se acepta o se rechaza.

 

Cada uno es la Vida experimentándose o buscándose a sí misma. No hay dos, ni tampoco hay separación con nada ni nadie. Todo es energía. Sólo hay Unidad.

 

La idea de rendición no tiene nada que ver con conformarse y tirar la toalla, es precisamente todo lo contrario, es adquirir valentía y madurez para Ser lo que uno ya es, para aceptar la propia experiencia de un modo íntimo y pleno, es permitir que la Vida destruya al falso yo que se siente atado al tiempo y a la aparente sociedad enferma y dual, es fluir sintiendo la vida plena, la aventura del no saber, aceptar lo que ES, hasta que ambas polaridades, (energía positiva y energía negativa) se fundan en una. (Incluso una linterna para poder dar luz necesita la polaridad negativa y la positiva) No hay que rechazar nada si queremos recuperar la integridad. Nadie sabe lo que sucederá dentro de cinco minutos o dentro de un año, la realidad máxima no la tiene nadie, la verdad es Presencia, ¡ES! Lo absoluto es indefinible e inalcanzable, todo es sin tempo, y eso no se puede comprender, simplemente se sabe. Todo es puro Ser.  El relato personal que sucede en la cabeza era mi sueño, todas mis ideas preconcebidas sobre el bien y el mal quedaron fulminadas con la Luz de la Presencia, todo lo que nos contamos sólo es un auto recordatorio, un entretenimiento para la mente, nada más. La Vida fluye y si fluyes con ella, no tienes nada que temer por más salvaje que te pueda parecer.

 

La Vida es ordinaria y su belleza está en que no tiene ningún sentido y propósito, ES sin tiempo, sin edades, sin historias en la cabeza, no tiene prisas, es Silenciosa y se mueve sin esfuerzo, sin lucha y sin sudor; cambia constantemente sin pausa y con un ritmo de extraordinaria belleza, pero jamás se ha movido de ahí, de la Presencia. Nos grita más fuerte que cualquier otra cosa: -estoy aquí, deja de buscarme en otro lugar.  Este instante vivo, ya realizado, es la única constante que hay, es Presencia Consciente de sí misma, y jamás se labra un destino, no tiene necesidad de hacerlo, siempre está presente. Eso es lo que en verdad somos, Presencia.

 

Somos dioses recorriendo la propia manifestación, y lo hacemos con la falsa idea de ser algo o alguien importante, jugando con las palabras porque hemos creído ser personajes que mueven la existencia, ya realizada. Nada ni nadie puede mover ni cambiar este instante vivo ya realizado. El aparente tiempo y la aparente historia es la broma cósmica, que nos gastamos para terminar con el drama eterno de la humanidad. Cuando se ve, cuando se sabe, es el punto y final del drama y del sufrimiento humano, de toda historia y de todo relato personal. La última comprensión es saber que no hay nada que comprender. La última pregunta se formula cuando ves que el paraíso eterno que tanto buscamos fuera de uno mismo, jamás se ha movido de ahí, de la Presencia, porque Eso, el Paraíso eterno, es lo que somos. Esa Nada de la cual fluye el amor absoluto, ¡todo!, es lo que somos. Todo nacimiento y toda muerte es una ilusión, solo mueren las formas. ¿Como puede nacer y morir la Consciencia consciente de sí misma, eternamente presente, si no tiene forma, edad, relato o tiempo? Lo que somos no nace ni muere. El cuerpo tan solo es una herramienta, que, si se acepta, es el devenir de un horizonte nuevo, la oportunidad de oro para poder regresar al hogar. Todo es aparente, menos la Presencia. En la Presencia, todo, absolutamente todo, es adecuado.