No son mías mis manos, son de la Vida.

 

 

Nada me pertenece, ni las manos a las que tanto admiro, ni el aire que respira el cuerpo, ni el cuerpo que tiene una inteligencia infinita, ni los pies a los que tanto tengo que agradecer, y, mucho menos, el relato en la cabeza, porque no soy una colección de pensamientos, ni una colección de emociones o sensaciones, ni los frutos que, a través de mí, la Vida tanto anheló regalar. Si me fundo con la Vida, a la que está unida al Universo, lo tengo todo, absolutamente todo. ¡Todo es un regalo bellísimo y gratuito que sólo se puede aplaudir, agradecer y celebrar!